Dicen que lo vieron ayer por la mañana, casi saliendo del pueblo. Descalzos nuevamente los dos pies, las dos piernas. Camisa y lampa al hombro, silbando una guaracha, midiendo las nubes, pensando en la cosecha.
Dicen que lo vieron despierto muy temprano recorriendo las calles, buscando a los vecinos. Estuvo en cada casa, tomándose un trago por los buenos recuerdos, pidiéndoles disculpas por los momentos malos. Luego volvió a su cuarto y besó la frente dormida de Adelina. Ella lo perdonó.
Su pie izquierdo por fin había ido despertando, y casi estaba listo para pintar el suelo de golpes y caricias. Abrió y cerró su mano, separando los dedos. Como quien toca un violín, como quien abre un surco, como quien corta un fruto, como quien moldea un adobe y luego levanta un muro con una puerta abierta para todo el que llegue, sea propio o sea extraño siempre que venga en paz. Nunca entendió (ni quiso) una vida sin hacer todas estas cosas, y es por eso que la pena en los últimos tiempos casi no lo dejaba. Pero tenía su fe. Su fe de viejo rezador, de niño consagrado. Y aquella arma secreta al fin lo había curado.
Se fue por el camino de tierra entre las chacras. Se acordó de sus hijos salpicados por el mundo. Se acordó de su compadre el guitarrista, y todos los lugares a los que habían viajado. Se acordó del poeta charapa que le presentó al guitarrista, y rió fuerte pensando en la borrachera que seguro le habría preparado de bienvenida. Ya no se veía el pueblo, prendió un cigarro y supo que sus piernas se hacían más fuertes. Descalzo y lampa al hombro caminó sobre el tubo que se usaba de puente para cruzar el río...

